
Pandemia y espiritualidad
[Pablo d’Ors]
En el pasaje evangélico de la resurrección de Lázaro se hace una presentación de Jesús de dos formas reveladoramente contrapuestas. Por un lado, está Jesús que, ante la noticia de la enfermedad de su amigo Lázaro, permanece aparentemente insensible –hasta el punto de dilatar su visita un par de días–. El otro Jesús, en contrapartida, se pone a llorar hasta el sollozo cuando es informado de su enfermedad. Conmueve a ese Jesús que se deshace en lágrimas y sorprende, por el contrario, a ese otro Jesús (naturalmente el mismo) que se mantiene entero ante una noticia tan grave.
¿Qué significa esto? Por un lado, Jesús sabe que el mal no tiene verdadero poder sobre este mundo, sabe que su dominio es sólo relativo y temporal. De ahí que se mantenga tan sereno y ecuánime ante la desgracia de su buen amigo. Sabe que, pase lo que pase, no será fatal.
Ahora bien, ante el degarro de Marta y María –sus amigas, deshechas por la pérdida del hermano–, y ante la generalizada desolación que reina en Betania, su lugar de descanso, Jesús responde con el llanto, abrumado por la terrible y sucia marea del daño, que acaba por envenenarlo todo. Este mal ha sido ya vencido por Dios –así lo dicta la fe cristiana, pero sus secuelas siguen devastando al ser humano. Jesús, Cristo, sabe mantenerse en calma, como maestro, cuando el mal llama a su puerta; pero también sabe responder con un corazón apasionado cuando asiste al estrago de sus obras.
Ante la crisis mundial suscitada por la pandemia del coronavirus, a los cristianos (ya los buscadores espirituales en general) se nos pide, en primera instancia, esa doble actitud. Primero llorar, después mantener la calma. No sólo mantener la calma, también es necesario llorar.
Llorar porque hemos caído en la trampa, el pie se nos ha quedado atrapado y ahora sufrimos por los males de la vid. Llorar porque tenemos el convencimiento de que hay que acostumbrarse a tener el pie en la cepa. Ahora bien, llorar no es tan sencillo. Uno llora al principio. Después se acostumbra y se cansa y, simplemente, deja de llorar. No hace falta llorar tanto, nos decimos entonces. Esto no lleva a ninguna parte. Y nos sonamos y llenamos de ruido para olvidarnos de las lágrimas que siguen corriendo durante mucho tiempo por dentro.
Llorar es lo más urgente y primordial, esto no conviene olvidarlo. Llorar es purificar. Es necesario pasar por la purificación antes de llegar a la iluminación. Debemos llorar por los que ya han muerto por este virus, por la muerte que quiere apoderarse de nosotros.
Llorar por la gente que está infectada y por la que se infectará. Por el egoísmo de aquella gente que sólo piensa en sí misma y por la emoción que despierta ver la que ama al otro. El cuerpo debe hacer su trabajo para que después pueda entrar en juego el alma. El cuerpo es el primero que responde ante el mal; el alma sólo va en serio cuando recibe ese llamamiento. Todo lo demás es un altruismo peligroso. Porque la buena voluntad no es suficiente: la buena voluntad no tiene suficiente fuerza para sostener una situación que puede alargarse durante meses. Los creyentes, los meditadores, todos los que quieran estar a la altura del desafío que supone esta pandemia, debemos edificar por dentro sobre roca.
Segunda actitud: la calma. ¿Cómo hacer para mantener la calma? Hay un secreto: Esta enfermedad no es de muerte, sino a gloria de Dios (Jn. 11, 4), dice Jesús al ser informado de la enfermedad de su amigo. Esto es fe: saber que todo lo que sucede y cómo sucede es para su gloria. Ésta es la confianza que se nos pide en esta situación: creer que todo lo que sucede –bueno, malo o neutro– es en último término para bien. Ver lo que acontece, no como una amenaza, sino como una ocasión para fortalecer el carácter y la relación con los demás y con Dios.
Esta confianza básica no se improvisa, se entrena con silencio y oración. Hoy –no hace falta decirlo–, la fe está muy denostada. Se confunde con ingenuidad infantil o con una piedad obsoleta y sentimental. Casi nadie comprende ya el coraje de creer, el temple que implica confiar. Pocos entienden que la esperanza sea una virtud. La confunden con un simple talante optimista o con una actitud positiva. Pero una virtud es siempre fruto de un cultivo o de un entrenamiento. Esto implica una escucha, un descubrimiento, una disciplina, una perseverancia...
Lo que debe morir en un adulto para que pueda nacer en él la verdadera esperanza es precisamente la piedad edulcorada y la devoción pueril. Pero no es fácil vivir sin emociones reconfortantes, como tampoco lo es seguir adelante sin agarrarnos a las ficticias promesas de la magia. O las de los falsos profetas, cada vez más numerosos.
Lázaro es el amigo muerto que hay en nosotros, deberíamos saberlo. Deberíamos saber en estos momentos que los infectados somos nosotros. Sólo cuando descubrimos que este mal lo sufrimos todos (y esa es la experiencia de la comunión, que sólo da el espíritu), sólo entonces drena el corazón.
Este corazón humano, tan ensuciado por años de errores, se va purificando en la medida en que sabemos que las heridas del mundo son las nuestras.
Esta pandemia nos da la oportunidad de dar un paso de gigante en nuestra condición humana. En este tiempo de cierre domiciliario, decretado por las autoridades, se nos brinda la ocasión –siempre buscada, rara vez encontrada– de curar de raíz el corazón: de vaciarlo de estupidez, de vanidad, de ruido.., de sanarlo con meditación y buenas acciones. De darnos cuenta lentamente, como siempre va el Espíritu, que esta vida es temporal y que estamos de paso. Quizás lo habíamos olvidado, quizás preferíamos no pensarlo. Tomados por la agitación de estos primeros días, descolocados por la magnitud de la noticia, incrédulos, escépticos, preocupados, miedosos..., ahora ha llegado el momento de mirarnos por dentro para que todo se vaya colocando en su sitio. Cuando el corazón está en su sitio, todo lo demás se recoloca: los instintos –hasta entonces tiranos– dejan de exigir la primacía; la mente –finalmente desplazada– abandona los pensamientos obsesivos y estériles.
Así, primero debes separarte de los demás (quedarte en casa, como se te ha ordenado); después debes separarte de ti (ponerlo a Él en el centro, desatender los infinitos reclamos del ego, lleno siempre de miedo y preocupación); finalmente se te regala un corazón puro, en cuyo centro –¡oh sorpresa!– te encuentras con las demás personas y contigo.
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¿Dónde está Dios?
Afortunadamente, junto a los terroríficos y casi morbosos noticiarios televisivos sobre la pandemia, aparecen otras voces alternativas, positivas y esperanzadoras.
Algunos recurren a la historia para recordarnos que la Humanidad ha pasado y superado otros momentos de pestes y pandemias, como las de la Edad Media y la de 1918, después de la primera guerra mundial. Otros se sorprenden de la postura unitaria europea contra el virus, cuando hasta ahora discrepan sobre el cambio climático, la gente inmigrante y el armamentismo, seguramente porque esta pandemia rompe fronteras y afecta a los intereses de los poderosos. Ahora a los europeos les toca sufrir algo de lo que sufren las personas refugiadas e inmigradas que no pueden cruzar fronteras. Hay humanistas que señalan que esta crisis es una especie de "cuaresma secular" que nos concentra en los valores esenciales, como la vida, el amor y la solidaridad, y nos obliga a relativizar muchas cosas que hasta ahora creíamos indispensables e intocables. De repente, baja la contaminación atmosférica, y el frenético ritmo de vida consumista que hasta ahora no queríamos cambiar. Ha caído nuestro orgullo occidental de ser omnipotentes protagonistas del mundo moderno, del señorío de la ciencia y del progreso. En plena cuarentena doméstica y sin poder salir a la calle, empezamos a valorar la realidad de la vida familiar. Nos sentimos más interdependientes. Todas las personas dependemos de todas, todas somos vulnerables, necesitamos unas de otras, estamos interconectadas globalmente para el bien y el mal. Empezamos a valorar la realidad de la vida familiar.
También surgen reflexiones sobre el problema del mal, el sentido de la vida y la realidad de la muerte, un tema hoy tabú. La novela ‘La peste’ de Albert Camus de 1947 se ha convertido en un best-seller. No sólo es una crónica de la peste de Orán, sino una parábola del sufrimiento humano, del mal físico y moral del mundo, de la necesidad de ternura y solidaridad.
Los creyentes de tradición judeocristiana nos preguntamos por el silencio de Dios frente a esta epidemia. ¿Por qué Dios lo permite y se calla? ¿Es un castigo? ¿Hay que pedirle milagros, cómo pide el Penéloux en ‘La peste’? ¿Debemos devolver a Dios el billete de la vida, como Iván Karamazov en ‘Los hermanos Karamazov’, al ver el sufrimiento de los inocentes? ¿Dónde está Dios?
No estamos ante un enigma, sino ante un misterio, un misterio de fe que nos hace creer y confiar en un Dios Padre-Madre creador, que no castiga, que es bueno y misericordioso, que está siempre con nosotros, es el Emmanuel. Creemos y confiamos en Jesús de Nazaret que viene a darnos vida en abundancia y se compadece de los que sufren; creemos y confiamos en un Espíritu vivificante, Señor y dador de vida. Y esa fe no es una conquista, es un don del Espíritu del Señor, que nos llega a través de la Palabra en la comunidad eclesial.
Todo esto no impide que, como Job, nos quejemos y cuestionamos ante Dios al ver tanto sufrimiento, ni impide que, como el Qohélet o Eclesiastés constatemos la brevedad, ligereza y vanidad de la vida. Pero no debemos pedir milagros a un Dios que respeta la creación y nuestra libertad, quiere que nosotros colaboremos en la realización de este mundo limitado y finito. Jesús no nos resuelve teóricamente el problema del mal y del sufrimiento, sino que a través de sus llagas de crucificado-resucitado nos abre al horizonte nuevo de su pasión y resurrección. Jesús, con su identificación con los pobres y quienes sufren, ilumina nuestra vida; y con el don del Espíritu nos da fuerza y consuelo en nuestros momentos difíciles de sufrimiento y pasión.
¿Dónde está Dios? Está en las víctimas de esta pandemia, está en el personal médico y sanitario que nos atiende, está en el personal científico que busca vacunas antivirus, está en todo el mundo que en estos días colabora y ayuda a solucionar el problema, está en las personas que rezan por las demás, en aquellas que difunden esperanza.
Acabamos con un salmo de confianza que la Iglesia nos propone los domingos a la hora litúrgica de las Completas, para antes de acostarse:
"Tú que vives bajo el amparo del Altísimo y pasas la noche bajo la sombra del Todopoderoso, di al Señor: refugio, baluarte mío, mi Dios en quien confío.
Él te libra de la red del cazador, de la peste funesta: con sus plumas te protege, bajo sus alas encuentras refugio: escudo es su fidelidad.
No te dará miedo el terror de la noche, ni la flecha que vuela de día, ni la peste que avanza en la oscuridad, o el azote que a mediodía hace estragos” (Salmo 90,2-7).
Quizás nuestra pandemia nos ayude a encontrar a Dios donde no lo esperábamos.