
¿Qué supone para los jóvenes el confinamiento?
La situación de excepcionalidad que vivimos estas semanas ha cogido desprevenidos a chicos y chicas, familias y a todo el equipo del proyecto Som Joves, de la Fundació Migra Studium (Barcelona). Habitualmente ofrecemos un espacio grupal de atención, cuatro tardes a la semana, donde procuramos acompañar de la forma más individualizada posible a jóvenes de entre 12 y 17 años en las tareas académicas de ESO y estudios postobligatorios, además de un espacio de ocio y de relación. Una vez anunciada la medida de cierre de centros educativos el pasado día 13 de marzo, reformulamos la forma de atender a los chicos y chicas, para seguir acompañando desde la distancia.
Viendo que el estado de alarma se alarga y, con él, las semanas con los institutos cerrados, nos encontramos ante una nueva realidad para los jóvenes que acudían hasta ahora al proyecto, que tenemos el reto de seguir detectando y, en la medida de lo posible, paliando.
El Departamento de Educación ha anunciado ya el inicio de un tercer trimestre académico a seguir desde casa, de forma virtual. Sensible, al mismo tiempo, en las múltiples realidades del país, pide que las actividades propuestas por el profesorado sean inclusivas y se ajusten al ritmo, características y situaciones personales de cada alumno. Pero una demanda que no hace más que poner de relieve que el sistema educativo actual no es igual para todas y todos. De entrada, hemos detectado la desigualdad entre centros a la hora de encargar tareas y hacer propuestas educativas a su alumnado, tanto en lo que se refiere al volumen de trabajo que se les encarga como por las herramientas que se requieren en cada caso. Además, es especialmente alarmante la desigualdad con la que viven el derecho a la educación algunos chicos y chicas que quedan al margen, por la imposibilidad de acceso a la tecnología o a las herramientas informáticas requeridas (por falta de ordenadores o conexión a internet), o incluso por su dificultad en el uso de estas. Por tanto, el primer reto que tenemos es garantizar las herramientas que permitan que sigan conectados al curso.
Por otro lado, y esto afecta a todo el alumnado, los y las jóvenes se encuentran ante la complicación de seguir las rutinas habituales: el horario de clase diferenciado del de descanso u ocio, la dinámica de atender en clase y el tiempo de deberes extraescolares se han difuminado. Con esto nos encontramos ante una pérdida de hábitos, agravado en algunos casos de alumnado que ya tenía enormes dificultades para seguir el curso y la dinámica escolar. Así, el segundo reto es el de organizarse el tiempo para no perder las rutinas de estudio.
Sin embargo, la pregunta que tememos es cuántos de los chicos y chicas a los que acompañamos tienen el riesgo de quedar descolgados del curso. Ante una tercera evaluación donde se juegan aprobar asignaturas pendientes, se juegan repeticiones e, incluso, la obtención del graduado, es necesario que el equipo de profesionales educativos que acompañamos a jóvenes rememos en una sola dirección para garantizar el éxito escolar de todos ellos y ellas.
Pero para seguir tirando del hilo, no podemos olvidar a un agente imprescindible en esta ecuación: las familias. Son un factor determinante frente a la nueva realidad que se presenta en la educación a distancia de los chicos y chicas. Lo primero que detectamos hablando con las madres y padres vinculados al proyecto es la dificultad para acompañar a las tareas académicas encomendadas, ya sea por factores de lengua, de conocimientos previos o de disponibilidad. Aquí nuestro reto es, pues, ofrecer ayuda telemática para resolver dudas y facilitar la comprensión de contenidos.
En segundo lugar, aparecen tensiones en la familia. Fruto de la convivencia, del compartir espacios -en muchos casos insuficientes- y de la falta de rutinas, ya explicitada, aparecen conflictos entre las personas con las que conviven. Nada excepcional en la etapa de la adolescencia, pero que merece por nuestra parte una atención especial, ya que nos encontramos en un momento en que el cuidado mutuo es esencial para la estabilidad emocional. Imprescindible también para sacar adelante el curso académico.
Hay que poner particularmente de relieve la realidad de familias en situaciones de especial vulnerabilidad. Algunas de las que vivían una etapa de precariedad (laboral, administrativa, de vivienda, de salud, etc.) han pasado a estar en situación de emergencia social. Vemos como se pone en juego algo tan básico como es el acceso a alimentos. Y, si bien es cierto que los servicios sociales procuran dar respuesta y también desde las entidades se busca facilitar ayudas, esto es insuficiente en algunos casos. Así, nos encontramos en un momento que impacta directamente en las condiciones materiales de vida más básicas de los y las jóvenes, siendo el instituto una prioridad secundaria.
Por último, queremos destacar que vivimos unas semanas de confinamiento donde tenemos retos para seguir acompañando a los chicos y chicas desde la distancia, y podemos hacerlo gracias a las redes sociales ya sus ganas de seguir en contacto y vinculados. Pero el reto de verdad vendrá cuando "volvamos a la normalidad". Una normalidad que ya excluía a muchas personas y que, previsiblemente, arrastrará a la precariedad todavía a más familias, que verán cómo se tambalean sus derechos más básicos. Y, entre ellos, el derecho a la educación también se verá afectado.